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Un deseo para Luna

Un deseo para Luna

Un deseo para Luna

Por Isabel María Sierra García

Un deseo para Luna

Un deseo para Luna


Desde pequeñita siempre he querido crear historias. Mis padres me llamaban, pipinta. El motivo es que mi padre un día buscaba un bolígrafo y al no encontrarlo, me pregunta a mí que tan solo tenía dos añitos.

—Isabel, ¿dónde está eso que pinta?

Yo contenta y feliz, contesto.

—¡Ah! el pipinta.

Parece ser que siempre estaba buscaba algo para pintar.

No hace mucho que he empezado a crear algunos relatos. Un deseo para Luna, es uno de ellos y le tengo un cariño especial. Espero que os guste.


Un deseo para Luna

Paseaba por la orilla sintiendo el agua fría en sus pies cada vez que rompía una ola. Le gustaba ese masaje relajarte que le aliviaba sus tobillos hinchados a causa del embarazo. Se llevó la mano a su abultada barriga. «Ya queda menos preciosa. No seas impaciente», pensaba mientras se la acariciaba al sentir sus patadas. Miró al frente al escuchar jaleo. Una familia se acercaba. Los niños gritaban, se les veía felices. Observó que la luna llena tenía un brillo especial esa noche, estaban tan bonita que le hizo no sentirse sola. Como siempre hacía cerró los ojos y pidió un deseo. Su teléfono sonó y le sacó de su ensimismamiento.  

—Eva, ¿qué quieres? —preguntó sonriendo a su hermana, aunque no la viese.

—Niña, ¿dónde te encuentras? Llevamos una hora esperándote. 

—¿Tan tarde es? No me había dado cuenta. Voy para allá, no tardó —cortó la llamada y tomó dirección hacia donde dejó aparcado el coche.

Mientras caminaba sintió una pequeña punzada bajo el vientre. Estaba cerca del vehículo pero prefirió sentarse en el banco que se encontraba al lado. En el paseo marítimo abundaba la gente paseando. Se notaba que era verano. Alicia se levantó al comprobar que solo fue un insignificante dolor, como era habitual. Se subió al coche, colocó el móvil en el asiento libre y arrancó. Los viernes era costumbre reunirse la familia, y esta vez tocaba en el chalet de Eva. No tenía mucha ganas de ir. José no iba a estar con ella esa noche. Regresaría tarde de un viaje de negocio y se iba directo a la casa.

La carretera que le llevaba al chalet estaba desierta, le quedaba poco para llegar. El móvil volvió a sonar. Nunca contestaba una llamada mientras conducía, pero desvió la mirada a la pantalla y vio la foto de su marido. Sin pensarlo lo cogió, quitando solo unos segundos la vista de la carrera, aunque lo suficiente que le impidió apreciar que algo cruzaba en ese preciso momento. No pudo frenar. La atropelló y perdió en control del vehículo. 

—¿Alicia? ¿Estás ahí? Contéstame —gritaba José apretando con más fuerza el teléfono a su oreja para intentar comprender lo que oía; gritos, golpes y después un silencio. 

Está todo oscuro. No veo nada, sin embargo escucho murmullos. Un ruido la alertó, «hola». No responden. Parece que están trasteando algo. Hay un sonido, una máquina que repite un mismo pitido cada poco segundo. Intento abrir los ojos, aunque es imposible. «¿Qué me pasa?». Por mucho que busco en mi cabeza algún recuerdo no lo encuentro. Entonces me doy cuenta que no sé cómo me llamo. El pánico se apodera de mí y grito con todas la fuerza que puedo, pero mi voz no se oye. Dejo de hacerlo por un aumento incesante del pitar que me asusta… y… siento que… «Que sueño».


Un deseo para Luna

Un año más tarde….

 

José entraba una vez más al edificio que tanto dolor le producía. No existía ningún cambio desde aquel día. Seguía viva pero cómo si no lo estuviera. Entró en un gran hall que comunicaba a los ascensores. Esperó unos segundos. Subió y emprendió el camino que le llevaba hasta su esposa. Al llegar empezó a saludar a los presentes, que eran con una segunda familia. La planta no había más de diez habitaciones, la de ella se encontraba al final. Apena se escuchaba ruido. Hacía frío del aire acondicionado, un repelú provocó un leve espasmo en su cuerpo. Llegó a la puerta y la abrió. 

—Hola Eva. ¿Alguna novedad? —No sabía porque preguntaba. Siempre obtenía la misma respuesta.

—Nada, como siempre.

—Anda, vete ya. Es tarde y seguro que los niños están deseosos de disfrutar de su madre —le dijo a su cuñada.

Cogió su bolso, le dio un beso a José, y se acercó a su hermana para tocarla como siempre.

—Alicia, despierta —Le susurro al odio, como siempre hacía.

Alicia se apreciaba más delgada, pero seguía igual de bonita. Tenían muchos sueños juntos, aunque todos se quedó en el olvido desde aquella noche. «Si no hubiese llamado por teléfono», se reprochaba a diario. José se creía culpable. Rozó con los dedos su cálida mejilla, sintiendo su suave la piel. A pesar de encontrarse viva parecía que no era verdad. No despertaba. Los médicos había hecho todo lo que estaba en sus manos y no se obtenía ninguna respuesta. Solo le decían que tenía que esperar, que algún día despertaría. Deseaba tanto contemplar de nuevo su mirada, esa que, iluminaba su vida con sus enormes ojos verdes. Se quitó los zapatos y como todas las noches se acostó a su lado, «Te quiero». No tardó en quedarse dormido. 

No sé si estoy soñando o despierta. Lo único es que no puedo abrir los ojos por mucho que lo intente. Ahora lo que vuelvo a oír es ese pitido. Siento un peso a mi lado. Intento moverme y no hay manera. Inspiro y me embriaga un olor que me es familiar, aunque no consigo saber porqué. «Ayúdame» intentó decir para ser escuchada, pero sin resultado.

La noche transcurre tranquila como era costumbre. El sonido de móvil despierta a José. Se incorpora y se sienta al borde de la cama, pero antes besa a su mujer. «Buenos días, mi vida» le susurra, y se va. Esta mañana tenía una reunión temprano. Primero quería pasar por casa y cambiarse de ropa. 

El sonido de alguien hablando me despierta. Intento abrir los ojos y no lo conseguido. He escuchado «Buenos días, mi vida». Algo he sentido al oír esa voz de nuevo, ¿conoceré a su dueño? Quiero verle, pero mis párpados no se mueven. Lo llamo, sin embargo mi voz no se escucha, ¿qué me pasa?

«—Hola, hola, hola… —gritó, o eso creo, pero no ocurre nada»


Un deseo para Luna

Un mes después…

José se encontraba en la consulta del doctor Gustavo, quién llevaba el caso de Alicia desde el día del accidente.

—¿Estás seguro de que puede funcionar ese fármaco? —Volvió a preguntar nervioso. 

—No existe una garantía, pero hay casos similares al estado en que ella se encuentra, y se ha dado un alto porcentaje en que los resultados fueron positivos. Por intentarlo no se pierde nada, ¿y si funciona? —dijo con entusiasmo el médico.

—De acuerdo. Vamos hacerlo. Quiero que mi mujer se despierte —José sintió una pequeña esperanza de poder volver a escuchar su voz.

—¡Genial! Empezaré a preparar la documentación para que firmes la autorización, y si todo sigue igual, mañana a primera hora le daremos el fármaco —Gustavo se levantó y estrechó la mano de José que acababa de ofrecérsela. 

—Estaré aquí bien temprano. Deseo que tengas razón —Salió del despacho.

Se dirigió a la habitación de su esposa. Esta noche no la pasaría con ella, quería dar la noticia a la familia. Se acercó hasta la cama, se la veía tan bonita a pesar de su palidez. «Mañana será el día. No te preocupes pronto estaremos todos juntos, mi vida». Le tocó la mejilla, se agachó y rozó con su nariz su cabello oliendo su aroma. Un beso le dio en la frente, pero no pudo resistirse y unió sus labios a los suyos, los deseaba tanto. «Que descanses». Miró el reloj, era temprano para encontrarla todavía despierta y darle las buenas noches. Con toda su pena por no dormir con su mujer cerró la puerta.

No tardó en llegar a casa. Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta. El sonido de la tele se escuchaba de fondo con una canción infantil. Una sonrisa de felicidad se le instauró en su cara. Su hija estaba despierta. 

—Hola, ¿dónde está mi princesa?


Un deseo para Luna

Un año antes…

No podía ser. Tenían que estar equivocado. José corrió todo lo que sus piernas le permitían. cuando llegó en taxi, que le dejó en misma puerta de urgencia. Solo escuchó: accidente, Alicia grave, Santa Mónica, y salió corriendo.

Llegó hasta el mostrador, donde una enfermera mantenía una conversación por teléfono.

—Ayúdeme. Han traído a mi mujer a este hospital, ¿dónde está? —No obtuvo respuesta—. ¡Oiga! ha tenido un accidente, tengo que ir con ella, ¿me oye?

La enfermera le miró unos segundos.

—¿Ahora te vuelvo a llamar? —dijo al sujeto del otro lado de la línea. Colgó.

—Acabo de llamar. Me han dicho que está grave. Tengo que verla  —Iba a perder los nervios de un momento a otro. La tensión le tenía al máximo.

—Tranquilo. ¿Cómo se llama su mujer? —le preguntó.

—Alicia. Alicia Blanco, ese es su nombre —titubeó nervioso. O tenía una respuesta ya o se pondría a recorrer todo el edificio hasta encontrarla.

—Sí, ingresó por urgencia hará una hora. Se encuentra en el quirófano. Espere en la sala. Le avisarán cuando se tenga  noticia nuevas  —La enfermera cogió de nuevo el auricular para retomar la llamada anterior.

—¡No! No voy a esperar. Tengo que ir hasta donde está ella —gritó. 

José no aguantaba. Se llevó las manos a la cabeza que le parecía que le iba a explotar. Cerró los ojos al sentir que veía borroso mientras tomaba grandes bocanadas de aire. Se sintió algo mareado y las piernas le flaqueaban. Supo que estaba teniendo un ataque de pánico. Buscó un asiento vacío y se sentó. Intentó respirar despacio, y poco a poco lo consiguió. Miró al mostrador y la mujer seguía hablando por teléfono. Más sereno y se levantó para volver a preguntar.

—José, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está? —Era la hermana de Alicia, detrás de ella se encontraba Luisa, su madre, que estaba agarraba del brazo de su marido, Antonio.

—No sé. No me dicen nada —Se abrazó a su cuñada.

Los dos se acercaron al mostrador para preguntar cuando un hombre que parecía el médico aparición tras abrir una puerta. 

—Familiares de Alicia Blanco —dijo el doctor Gustavo.

—¡Nosotros! —Sonaron las voces con fuerza.

—Acompañarme por favor a la consulta —ordenó amablemente.

Lo que en esas cuatro paredes escucharon cambió la vida de la familia por completo. El dolor se instauró en sus corazones igual que un nubarrón escondía la luz de sol. Alicia había sufrido una conmoción cerebral que no representaba gravedad a una primera evaluación, pero que sí la mantenía con la pérdida de conocimiento como llegó al hospital. Que tenía que hacerle más pruebas para descartar algo que se le hubiese escapado por alto.

Los días pasaban y Alicia no despertaba. Según el diagnóstico no existía daño cerebral para que justificara ese estado de inconsciencia tan prolongado.

Un deseo para Luna

Cinco días después de recibir el fármaco Alicia tenía los ojos cerrados. José se encontraba sentado al lado de su cama cuando entró el médico.

—¿Por qué no se despierta, Gonzalo? No ha funcionado —Se levantó mientras agitaba las manos. Su dolor se transformó en rabia dando claras muestra de ello. 

—Pero… si hay casos que han funcionado, ¿porque con ella, no? Darle otra dosis —le dijo casi gritando. 

José se estrujó con fuerza las manos con desesperación al contemplar como negaba con la cabeza Gustavo. No hacía falta ninguna palabra más, la sentencia estaba hecha: no iba a despertar. 

—Esperaremos un mes, que es lo que indica el protocolo al dar un nuevo medicamento por si se produjera alguna complicación o un positivo cambio, pero nuestra opinión es que suceda ninguna de las dos cosas. Pasado ese tiempo, Alicia no podrá quedarse más en el hospital —Le comunicó. 

—¿Tengo que llevarla a casa? —preguntó sorprendido con la información.


Un deseo para Luna

Once meses más tardes…

Estaba casi listo. El jardín decorado con vivos colores. La mesa llena de aperitivos y solo faltaban los invitados. Sería una gran fiesta de cumpleaños. Eva llevaba toda la mañana sin parar para dejar todo perfecto. Los niños jugaban en el salón y a su vez veían la televisión. Los abuelos estaban con ellos. Se compartían risas, se veía una familia feliz, pero en la planta de arriba, en la habitación del fondo, se encontraba acostada en su cama Alicia, ajena al mundo, o eso se creían todos. 

Tengo frío y deseo dejar de sentirlo. Se escucha ruidos diferentes que otros días. Me gustaría saber porque sigo sin oírme cuando hablo. Lo he intentado cada vez que entran en la habitación, y no sirve de nada. Me encanta que alguien esté conmigo y que me hablen, aunque no sé quienes son. Siempre me visita el mismo hombre y me llama Alicia, ese debe de ser mi nombre. Su voz me tranquiliza. Otras veces son voces de mujeres pero no se quedan mucho tiempo. La que más me gusta es una vocecita dulce que viene a menudo para darme un beso y decirme buenas noches. Quiero poder abrir los ojos, que me oigan, moverme… La puerta se abre, ¿quién será?

—Mirar, no se mueve, parece que está muerta —decía Enrique. Tres cabecitas asomaban tras la puerta.

Luna entraba la primera y era empujada por sus primos. Con apenas dos añitos no entendía porque estaba durmiendo todo el rato. La familia había tomado la decisión de no decirle a los niños quien era. Quería evitar que sufrieran por si Alicia le abandonaba.

—¿Por qué está siempre en la cama? ¿No se levanta nunca? ¿Ni habla? —preguntó curiosa Paloma. 

—No sé. Mamá solo dice que duerme siempre y que hay que cuidarla —dijo Enrique que tenía ocho años.

La pequeña se acercó hasta la cama y puso su mano encima de Alicia. Su prima la apartó.

—No la toques, que te contagia lo suyo y te quedas dormida también —Le dijo a la pequeña.

 

Luna la miró con sus pequeños ojos. Se llevó la mano a su boca que estaba naciendo unos pucheros. Se iba a poner a llorar pero José entró en la habitación.

—¿Qué hacéis aquí dentro? 

Los hermanos salieron corriendo asustando por ser castigados. Le habían prohibido subir a la habitación y lo había incumplido. 

—Papá, me dicen que no la toque —Se echó a sus brazos llorando.

—Claro que puedes tocarla. Ven, vamos a darle un beso antes de irnos —Se acercaron sentándose al borde de la cama. José besó en la frente a su mujer.

—¿Cuándo va a despertar, papá? —Se soltó del agarre de su padre sentándose también en la cama. 

—No se sabe, mi vida. Es como la Bella Durmiente. ¿Te acuerdas del cuento? —Cogió la manos de Alicia y la apretó, la sintió fría. Se levantó, cogió una de una manta del armario y se la echó por encima.

 

«¡Como la Bella Durmiente! ¿quién será? ¿Estoy enferma? Esas voces lo han dicho. ¿Por eso no me muevo? Estoy asustada. ¿Y si nunca puedo abrir los ojos?»

Alicia se estaba poniendo nerviosa. Se sentía agitada. Su corazón palpitaba con mayor rapidez. Intentaba abrir los ojos.

—Papá, mira. Los ojos se mueven —gritaba Luna mientras daba pequeños saltitos sentada en la cama.

José se acercó tras cerrar las puertas del armario, pero no vio nada.

—Te lo habrás imaginado. Anda, vamos a dejar que descanse después de todo el jaleo que habéis formado. Venga que la fiesta va a empezar y no puede falta la estrella —Tocó de nuevo la mano y comprobó que la temperatura había subido, la manta estaba haciendo su función.

Luna bajó de la cama y salió del cuarto corriendo. José miró a su mujer antes de salir y cerró la puerta.

Un deseo para Luna

La fiesta se celebró durante toda la tarde hasta bien entrada la noche. Luna era como fuente de alegría de la familia para mantenerla unida, a pesar de la tristeza que visitó sus vidas desde el día del accidente. Llegó el momento de soplar la velas.

—Luna, antes de soplar debes de pedir un deseo. Cierra los ojos, piensa con el corazón y sopla —dijo su tía a su oído como si fuese un secreto entre ellas.

Los invitados esperaban en silencio a que soplara. Su padre tenía sujeta la cámara para inmortalizar el momento. Seguía con la esperanza que que algún día Alicia pudiese verlo, y sopló, abriendo los ojos que mostraba una felicidad que contagió a todos los presentes. Cantaron en coro… Cumpleaños feliz… y al terminar rompieron en un fuerte aplauso. 

—Tita, ¿sabes que deseo he pedido? —Cogió el pico de la chaqueta de Eva para llamar la atención ya que estaba repartiendo tarta entre los invitados.

—Dime preciosa, ¿qué dices? —Se agachó a su altura para poder escucharla mejor.

—¿Qué te quiero decir el deseo? 

—No. Nunca se revela el deseo, o no se cumplirá. ¿Tú quieres que se haga realidad? —le preguntó mientras le cogía en brazo y la llevaba a una zona dónde del jardín que estaba menos concurrido.

—Sí, tita —Le respondió mientras le abraza con fuerza—. Es lo que más quiero en este mundo.

—Entonces, debes de decírselo a la Luna. Mira, hoy está llena y es preciosa. Ve, cierra los ojos, y que nadie te escuche. Es un secreto que solo tú y ella deben de compartir —Eva bajó a su sobrina y la colocó en el suelo. Le dio un beso y la dejó sola. 

La niña avanzó un poco hasta creer que se encontraba debajo de la Luna. Cerró los ojos y dijo bajito su deseo.

—Quiero que mi mamá despierte —Salió corriendo en busca de su papá. Luna sabía que esa mujer que dormía era su madre. Se lo decía siempre su primo.

Alicia abrió los ojos y vió fue una preciosa luna llena desde la ventana.

 

Un deseo para Luna

 

Soy una lectora empedernida. Leo para vivir un sinfín de vidas y para sentir millones de emociones. Un momento feliz es cuando abro por primera vez las páginas de un libro. En mis manos cae cualquier género, en especial la novela negra, romántica y narrativa. Pero a veces descubro maravillas en otros géneros, por ello nunca le cierro las puertas. En Las lecturasdeisabel.com se encontrará sinceridad y respeto. Las entradas son amenas y con sentimientos. Como habrás podido intuir, también me encanta escribir y hacer reseñas de lo que leo. Si te gusta lo que ves en Las lecturas de Isabel no dudes en hacérmelo saber.

6 Comentarios

  • Mi meta, tu salud. Carolina

    ¡Hola!
    La verdad es que me ha sido imposible no estar pegada a la pantalla leyendo este fascinante relato, ya no solo por la trama en sí, sino además por lo bien escrito que está. Así que de antemano te felicito por ello.
    Por otro lado, confieso que, y siendo profesional de la salud y de esos que muchas veces tengo que tratar con personas en coma (soy fisioterapeuta), aunque haya indicios o más bien,admito que eso quiero creer, que esas personas nos escuchan e incluso son conscientes de sí mismos y de su entorno, pero siempre queda esa duda, de qué es lo que realmente sienten o escuchan cuando están en ese estado, por lo que me ha gustado en especial que también, por llamarlo de algún modo, le des voz a Alicia.
    Besotes

  • Paula Alittlepieceofme

    Después de leer esta historia no me queda más que decirte que sigas escribiendo, me ha encantado la historia, cómo transmites las emociones de los personajes en los momentos de tensión…Ay, si es que el móvil hay que dejarlo bien lejos cuando se conduce, bss!

  • Chamaida Fajardo

    Hola qué precioso relato. Me has enganchado desde la primera línea. Escribes muy muy bien, súper bonito. Te ánimo a que participes en algún concurso de micro relatos. Muchas gracias, bs

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